La guerra al sindicato y la ética neoliberal

Carlo Formenti

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Grupo de traductores de la red “Jaén, Ciudad Habitable”

12 de enero de 2016

Harlan Elrich enseña matemáticas en un instituto público de California. Se ha ganado el reconocimiento de los medios de comunicación nacionales porque, junto con otros nueve compañeros y con el apoyo del Center for Individual Rights (una asociación de derecha financiada por algunas fundaciones conservadoras), ha denunciado al sindicato de profesores porque le obliga a pagar una cuota de afiliación a pesar de no compartir su línea política. El caso ha terminado en la Corte Suprema, que se presupone, tomará una decisión para el próximo verano. Decisión que, según los expertos en la materia, seguramente se incline a favor de Elrich y en contra del sindicato, lo cual conllevará importantes consecuencias en el poder contractual de todos los trabajadores de las administraciones públicas de los Estados Unidos.

En el plano formal, las posiciones que se enfrentan son: por un lado la tesis de Elrich y sus socios, según la cual la obligación de pagar una cuota de inscripción viola la Primera Enmienda, en la medida de que el sindicato no se limita a tratar el tema salarial sino que toma posiciones en temas políticos (por ejemplo apoyando uno u otro candidato durante la campaña electoral), limita la libertad de expresión y de pensamiento de aquella parte de afiliados que no comparten la decisión; por otro lado, el sindicato objeta: 1) que a aquellos que comparten el punto de vista de Elrich les viene rembolsada la parte de la inscripción que sirve para financiar la actividad del lobby político del sindicato; 2) que si el pago de la cuota fuese voluntario, se ofrecería a una parte de los trabajadores la oportunidad de disfrutar las conquistas sindicales (aumentos salariales y demás) por la cara, aprovechándose de quien paga la cuota que permite al sindicato realizar su función.

En el plano sustancial la cuestión es más compleja. Lo que está en juego, como ha subrayado un ex-dirigente de la confederación AFL-CIO, es de hecho la supervivencia misma del sindicato, tras décadas de agresiones por parte de las empresas y de los políticos de derecha que han mermado la representación sindical en el sector privado. Los sindicatos de trabajadores públicos representan ahora mismo a la mayoría de los afiliados. Básicamente, como nos muestra la reciente historia sindical italiana, el asunto es político-cultural antes que económico-organizativo.

La represión de Marchionne y sus aliados empresariales, los continuos ataques legislativos por parte de los gobiernos (ver el Jobs Act), las martilleantes campañas de los mass media mostrando a los sindicatos como una reliquia del pasado que obstaculiza el crecimiento económico, todo ello está diseñado para crear un clima de opinión desfavorable a la actividad sindical (y también aquí, como en los Estados Unidos, el mayor enemigo son los sindicatos de trabajadores públicos) para así crear una mutación antropológica que haga que las nuevas generaciones no conciban la posibilidad de organizarse para preservar sus intereses.

Seguirá (el objetivo ya ha sido formulado por asociaciones industriales y por parte de muchos políticos de derecha y de “izquierda”) la abolición de los convenios nacionales, el paso a la contratación empresarial, y finalmente a la individual, porque la mayoría comenzará a razonar como el señor Elrich: “no tengo necesidad de un sindicato, puedo negociar por mi cuenta, porque soy un espléndido profesor y todos me respetan”. Es la ética neoliberal que nos quiere a todos emprendedores de nosotros mismos, una ética que, también para quien piensa que los nuevos sujetos de la representación laboral deben ser los autónomos y los emprendedores, termina por garantizar la ilusión de poder construir nuevas coaliciones que sustituyan a las viejas siglas en la función de interlocución privilegiada de patrones y política. Por desgracia, una vez sean expulsados los viejos sindicatos, también ellos se darán cuenta de que no pintan nada o casi nada.