Entrevista a Pietro Barcellona

PROFESOR DE FILOSOFIA DEl DERECHO, EX SECRETARIO DEL PARTIDO COMUNISTA DE CATANIA, DIRECTOR DEL CENTRO PARA LA REFORMA DEL ESTADO, PIETRO BARCELL0NA HA CONSTRUIDO UNA OBRA QUE SE CARACTERIZA POR PRECONIZAR UN USO ALTERNATIVO DEL DERECHO Y POR LA SAGACIDAD QUE REVELA PARA CAPTAR LOS RASGOS DEL PRESENTE

 

Podríamos empezar partiendo de la crisis de la idea de desarrollo. Usted ha defendido un cambio estratégico del actual modelo de desarrollo.

La idea de un desarrollo expansivo ilimitado es errónea. Hoy el desarrollo está concentrado en unas pocas áreas la zona que va desde el norte de Alemania hasta Milán, Japón y California y todo lo demás se ha convertido en periferia. Sabemos también que crecimiento económico no significa crecimiento de la ocupación; es más, el paro se ha hecho estructural. Yo pienso lo que pensaba Pasolini, que el desarrollo ya no coincide con el progreso humano; desde este punto de vista Pasolini ha sido un profeta. Y eso concierne a la izquierda, que siempre ha creído que el desarrollo era un camino hacia el progreso, el bienestar y una cierta emancipación. En cambio, la historia del desarrollo de los últimos diez años desmiente totalmente esta idea. El desarrollo es hoy algo patológico, pues aumenta las fracturas, por ejemplo entre la empresa y el territorio: la empresa transnacional ya no tiene patria. Un producto cualquiera está hecho de componentes que vienen de distintas procedencias y no de una sola fábrica concreta. Se puede decir que lo fabrica el mundo; pero esto equivale a decir que no está fabricado por nadie.

 

 

 

-¿Puede decirse entonces que se está produciendo una ruptura entre empresa y cultura, dado lo ligado de ésta al territorio?

Así es, va no hay relación entre empresa y forma de vida. Es algo muy grave, pues las culturas están ligadas a la producción; la cultura meridional, por ejemplo, estaba ligada a la producción de la agricultura: las casas, las calles, las plazas se construían porque se producía vino, naranjas… Si en un lugar se produce sólo un pequeño segmento, un componente, quien vive en ese lugar no se reconoce en aquello que produce. Como consecuencia, la técnica anda por su lado y la cultura no merece ni ese nombre, porque ya no es la cultura del hacer, del construir. Esta ruptura produce una pérdida de socialización. La gente contempla menos su relación con los demás habitantes de un país, con una comunidad, y se hace asocial; piensa en sí misma como un individuo en relación con la fábrica mundial. No tiene ya un lugar donde encontrarse con los demás para trabajar, para hablar de política, de sus problemas… para socializarse.

Esta ruptura es la que gobierna lo que yo llamo el sistema de las separaciones, porque el desarrollo en abstracto, sin relación con las necesidades, con la población, hace emerger la primacía de la técnica: la técnica se convierte en el gran tema de la historia, pues se piensa que producir medios hará posible realizar muchos Cines. Pero de este modo se sacrifica la vida a la cultura de los medios y el medio por excelencia, el principal, es el dinero. Todos quieren producir dinero, pero no saben para qué. También aquí se cumple una profecía de Marx: se acerca un momento en que el dinero se producirá mediante el dinero y la mercancía mediante la mercancía, y los hombres habrán sido borrados. Ha llegado el momento de decir que este tipo de desarrollo no le sirve a la humanidad.

¿Y cómo oponerse a la pseudoracionalidad de la técnica?

Algunos, como Amoroso, dicen que hay que volver a unir la economía al territorio, y proponen uniones de grandes regiones, como por ejemplo la del Mediterráneo, regiones que deben ser capaces de reencontrar sus propias vocaciones productivas y de contemplar una nueva relación entre la producción y la sociedad. Es una propuesta contra la globalización. Debe pensarse en un desarrollo distinto, mucho más ligado a los territorios, sobre bases de grandes regiones. En Copenhague se habló de una Europa formada por cuatro regiones: la del Sur, la del Báltico, una del Noroeste y otra del Oeste. Regiones que deberían crear instituciones capaces de realizar intercambios que no estuvieran sólo ligados a la moneda, sino intercambios de cultura, de la organización del saber, de tecnología, de materias primas… y con un sistema de relaciones muy cooperativo, no competitivo, con una división del trabajo controlada mediante formas de democracia supranacionales. Son proyectos complejos y muy ambiciosos.

Un grupo de franceses relacionados con Latouche piensan que hay que desarrollar regímenes de economía informal, es decir, de economía no monetaria. Ellos están trabajando en el tema del Banco del Tiempo; ya sabe: esa idea según la cual se crea una asociación y cada miembro de la misma dice que tiempo semanal puede aportar. Eso se convierte en una montaña de horas cualificadas (horas de enseñanza, de reparaciones de automóviles … ). Al mismo tiempo se formulan las demandas. Por ejemplo, alguien puede necesitar clases de derecho y a cambio proporcionar ayuda en el campo de la informática. Se intercambian prestaciones que no se retribuyen con dinero.

Latouche está estudiando el desarrollo de pequeñas formas de economía doméstica, en torno a los suburbios de París, que habían sido abandonadas en los años cincuenta. Allí, todos los que cultivan algo intercambian sus productos. Y eso crea redes de solidaridad.

Oponerse a ese desarrollo patológico, promover una cultura diferente es batallar en un terreno muy dificil. Hoy en día incluso los sindicatos piensan en términos de competitividad.

Mi hija estudia Historia del Cristianismo Antiguo y yo, que no soy creyente, he sentido curiosidad. Y a raíz de esto he descubierto algo sorprendente: algunos de los primeros cristianos no eran pobres, sino aristócratas romanos que no creían en el imperio y que se fueron a vivir al campo. Allí construyeron pequeños cenáculos de diez o quince personas. Poco a poco, en el transcurso de unos decenios estos centros se fueron haciendo más grandes, convirtiéndose en un instrumento de tesistencia contra la llegada de los normandos, los visigodos y los ostrogodos. Y empezaron a adquirir prestigio político.

La penetración de un nuevo sentido es muy lenta, es un proceso casi molecular.

Hablando de cristianismo, ¿tal vez haría falta un milagro para que cambiara la mentalidad de la gente?

Es difícil, desde luego. Pero este ejemplo me hizo reflexionar. ¿Cuándo empieza a nacer una nueva cultura? Pues cuando la cultura dominante no consigue hacer coincidir la razón de la existencia con la propia actividad. Nosotros hemos vivido la época del trabajo: la razón de la existencia coincidía con el trabajo. Y ésta es una gran novedad histórica, porque antes de la Revolución Francesa el trabajo era algo propio de animales: quien tenia prestigio no trabajaba. Se dice que la nuestra es la época del trabajo, pero no lo hay, y los jóvenes ya no creen que la razón de la existencia tenga que ser el trabajo asalariado. Y está naciendo una idea según la cual la participación, las deci

siones… no pueden seguir estando fundadas en el trabajo. Pasado un momento de máxima desilusión, la situación empieza ahora a ser un poco distinta y en mi ciudad, por ejemplo, han empezado a producirse pequeñas actividades: un teatro, una cooperativa para difundir las actividades artísticas, pequeñas tiendas de productos alimenticios sin conservantes… Actividades que no tienen como finalidad la obtención de beneficios, ni tampoco el trabajo en el sentido tradicional, sino la participación en una actividad colectiva que produce riqueza pero no beneficios.

Estas señales, pequeñas, dispersas, son el principio de una posible cultura distinta, que no es la que se enseña en los colegios, porque en los colegios no se puede enseñar una revolución mental.

En ese marco, en cuanto al tema laboral se refiere, ¿qué contribución puede tener la reducción de jornada a 35 horas?

Reducir la jornada de trabajo puede ser interesante, pero debemos tener en cuenta que concierne a una parte restringida del trabajo tradicional, no a los nuevos trabajos. Éstos son parciales, discontinuos, autónomos… Ésa es una batalla que puede afectar a pequeños sectores del trabajo tradicional, pero que no tiene el sentido de un nuevo horizonte para todas las generaciones, para los que deben iniciar alguna actividad. Porque con lo que se encontrarán no es con el trabajo tradicional. En unas pequeñas islas, cerca de Sicilia, después de una época en la que los jóvenes iban a buscar trabajo a otros lugares, se han creado pequeñas asociaciones de especialistas en programas informáticos que trabajan en casa para compañías americanas. Es un trabajo que se puede hacer cuando se quiera: de día, de noche… El problema es cómo proteger a estos trabajadores, porque es un trabajo sin protección, que no tiene pensión, ni seguro de enfermedad. Éste es el problema real que una persona de izquierda, sin demagogia, debe plantearse: ¿cómo se protege a los que desempeñan estos nuevos tipos de trabajo, un trabajo sin garantías?

El panorama que ha pintado de trabajo fragmentado, que ya no necesita la fábrica, lleva a una visión individualizada y deslocalizada del trabajador, con lo cual el sindicato puede dejar de ser un motor de transformación. Parece que la mayoría de los partidos están dejando de ser también motores de transformación social, dada su aceptación más o menos acrítica del sistema. ¿Entonces, desde dónde se puede transformar la sociedad?

Los partidos han tenido un papel importante en la época del trabajo concentrado, la de la fábrica. En esa época la sociedad era en cierto sentido Simple; en un lado estaba el patrón y en el otro los trabajadores. Hoy las cosas son diferentes. Creo, por ejemplo, que el sindicato organizado sectorialmente debe acabar, y en cambio ha de nacer un sindicato territorial, un sindicato que se ocupe de todos los trabajos, de todas las personas que viven en una determinada zona. Hay que pensar también en una organización que retome el contacto con las personas que no tienen protección.

Yo parto de mi experiencia en el Partido Comunista. He sido secretario del Partido en Catania y entre los años 75 y 79 he visto cómo se desmoronaba, quizás porque llevábamos una política equivocada, pero también por el cambio de la composición social tradicional del partido. En los años sesenta iba a una fábrica en la que quinientas personas tenían el carnet del partido; en los ochenta había sólo cinco carnets. ¿Dónde estaban los demás? El antiguo modelo de partido estaba construido sobre el modelo de la fábrica fordista. Esto se ha acabado.

¿Cree que es posible sustituir a los viejos partidos por movimientos político sociales amplios?

Los movimientos son como olas del mar, cuando hay viento crecen. Pero el movimiento no es una estructura estable. Hay que construir estructuras estables para proteger los intereses de una comunidad, pero no han de estar organizados a la manera del partido, de un modo vertical. Yo creo en un partido horizontal. Así como la empresa, la producción, se ha convertido en una red, en el lado opuesto hay que construir otra red. Y todo está por inventar.

Un modelo alternativo implica también una cultura alternativa. ¿ Cómo podría definirse hoy una cultura de izquierdas?

Es un asunto delicado, porque estamos acostumbrados a pensar en la cultura de izquierdas como una cultura que defiende a los trabajadores frente a los patrones. Hoy la izquierda debe ser el partido de la democracia, pero no, claro, como el Partido Demócrata norteamericano. El Partido Demócrata no es un partido de la democracia, sino un partido para las elecciones. Una idea importante, abandonada por la izquierda italiana, es la de democracia organizada, que tiene como principio el autogobierno: en la ciudad, en la fábrica, en la escuela, en el territorio. La cultura de la democracia organizada da valor al elemento social, al estar juntos, y se opone a la cultura individualista. El individualismo extremo, radical, produce singularización, y los individuos hacen masa, pero no hacen democracia. Es como en un partido de fútbol: son una masa de espectadores pero no tienen capacidad organizativa; por ejemplo, no son capaces de discutir el precio de la entrada. Y la cultura de la masa es la cultura del plebiscito, es decir, la cultura de derechas, la cultura de la delegación. Una forma moderna en la que se expresa la cultura de derechas es precisamente el partido de masas que lo delega todo en un líder. La izquierda debe ser, por el contrario, capaz de organizar democracia, autogobierno, y de impedir la disgregación de la sociedad.

Sin embargo en buena parte de la izquierda se tiende cada vez más a establecer esa cultura de la delegación y a instalarse en las instituciones, olvidando en gran medida los esquemas participativos. ¿Significa eso que en la cultura de la izquierda se ha instalado un pensamiento de derechas?

Creo que sí. No se puede seguir distinguiendo derecha e izquierda en base tan sólo a sus declaraciones. No puedes decir: soy de izquierdas porque tengo el carnet del partido socialista”. Gobernar los proyectos sociales a través de las instituciones, tras renunciar a una participación verdaderamente democrática, son ideas de derechas.

Según eso, la derecha es enorme, prácticamente hegemónica.

En Italia estamos pasando por una fase política confusa y yo creo que muy inestable. Estoy convencido de que nadie sabe dónde irá a parar esta larga fase de transición, porque hay demasiados cadáveres en los armarios, por todos lados. La ilusión del Centro Izquierda del Ulivo es creer que corresponde a una formación de izquierda, pero eso no es cierto. La formación del Ulivo, la actividad que desarrolla, es la actividad eficaz de un gobierno liberal. Porque son aún deudores de la izquierda, se llaman de izquierda. Pero de este modo, dentro de diez años la izquierda será más antipática y más insoportable de lo que lo ha sido la derecha.

En cuanto a la derecha española de Aznar, es más sería, sabe hacer política. La derecha italiana era un desastre, un amontonamiento, una combinación de intereses distintos, y además con un personal político desastroso, entre otras cosas porque hubiera llevado al país a la ruina económica.

¿De qué manera puede rescatarse la democracia?

Yo siempre digo que la democracia sólo funciona si hay pasión democrática. No hay democracia sólo porque haya reglas democráticas. Pero, ¿qué es la pasión democrática? Pues es la pasión por la autonomía. La pasión democrática tiene que estar ligada al deseo de ser independientes, autónomos, capaces de gestionar nuestra propia existencia, de dar una respuesta a nuestros problemas. Y es una lucha, porque los hombres tienen dos tendencias: la de ser independientes y la de ser pasivos. He escrito un libro que se llama Política y pasiones en el que digo que es un error de la izquierda no hacer un análisis de la psicología social, porque algunas categorías que afectan a los individuos afectan también a los grupos. Por ejemplo la depresión, la tristeza, la nostalgia no son sentimientos sólo individuales. También un pueblo puede sufrir una depresión, porque se siente vencido, porque ya no tiene esperanza, porque no tiene perspectivas, porque siente la presión de lo extranjero… Y eso lleva a la pasividad, y la pasividad lleva siempre al fascismo. Porque cuando un pueblo vive una situación de depresión y no consigue encontrar los medios para dar un salto puede acabar en manos de un Führer.

La izquierda tiene que conseguir hacer brotar esta pasión por la autonomía. Y hay que empezar desde el principio, con la educación de los niños. Si coges a un niño y lo haces pasivo, si le das todo lo que quiere, si tienes con él una actitud protectora, nunca habrá puesto a prueba su autonomía. Y eso mismo puede aplicarse a un pueblo. Me impresiona ver, por ejemplo, que en el Sur italiano, donde hay mucho paro, la izquierda sigue el viejo camino. Se está pensando en construir allí una nueva institución del Estado que financie empresas y contrate para llevar a cabo distintos trabajos, una especie de institución que opere en el campo económico y dé trabajo a los jóvenes parados. Es un error.

Para adquirir autonomía hay que entender que hay que arriesgar, que el riesgo es positivo, que da sentido al futuro, que abre la posibilidad de que pueda suceder algo bueno. Si los jóvenes son contratados por el Estado no buscarán otro camino, se volverán pasivos. Hay que decirles que deben tener la valentía de emprender cosas nuevas y quizás dejarse ayudar un poco. Pero no convertirlos a todos en funcionarios públicos. Reproducir los mecanismos de ayuda es una locura, porque la ayuda produce un efecto efímero que no permite pasar después a una fase de auténtico desarrollo edificado sobre el autogobierno.

La izquierda debe renunciar para siempre a la idea de que la alternativa al mercado es el Estado, pues ése es un error que se paga muy caro. El Estado no conlleva democracia ni socialismo, sino burocracia y corrupción. Hay que pensar en desarrollar formas de trabajo autogestionado, empresas autogestionadas, con intervenciones externas que ayuden a ello: infraestructuras, centros de formación que permitan la cualificación profesional; pero no dinero o trabajos directos.

De todos modos, ¿no piensa que a los jóvenes se les exige mucho? Vivimos en una sociedad en la que la economía es en sí misma un fin, en la que a pesar de que existen nuevas formas de comunicación los medios son por lo menos tan alienadores como antes, y en la que los valores que se impulsan desde las instituciones son la competitividad, la delegación…

Es necesario explicarles que si seguimos moviéndonos en esta vía competitiva, al final ganarán las empresas que operan a través en el sudeste asiático a base del trabajo peor pagado. Hay una contradicción en toda la izquierda, incluso en la francesa. ¿Cómo se puede defender una cultura de la solidaridad si se quiere mantener una relación de dura competitividad? Cuando sabemos que un obrero coreano cuesta cuarenta o cincuenta veces menos que un obrero europeo, ¿podemos defendernos sólo reduciendo el tiempo de trabajo? ¿Qué ha producido la cultura de la competitividad en estos años? Sólo más parados. Es la verificación de estos efectos la que nos dice que hay que buscar otro camino.

Imaginemos que yo soy un obrero de 35 años, y que pienso que la cultura competitiva me sirve porque tengo un empleo,

etc. Dentro de dos años habrá una gran reestructuración en el sector en el que yo trabajo y me despedirán; en dos años mi felicidad se habrá convertido en desesperación. Una lógica competitiva, la aceptación de la primacía de la economía es como un boomerang: cae encima de quien lo lanza. No podemos seguir por este camino porque conducirá a la devastación de Europa. Por ejemplo, el Sur de Italia puede convertirse en Corea, un lugar donde el trabajo depende de las grandes multinacionales; pero ya no habrá escuelas públicas, ni sanidad pública, etc. ¿Y quién quiere eso? Si se explican los efectos de este proceso no creo que la mayoría lo acepte.

Usted ha dicho que la alternativa al mercado es la solidaridad. ¿Cómo se articula esa solidaridad?

Antes que nada, la solidaridad es una mentalidad. La solidaridad obrera de antaño no estaba fijada en ningún código ni en ningún contrato, Si un minero era despedido, los demás mineros hacían huelga o lo ayudaban con una parte de su salarlo. La mentalidad solidaria se desarrolla con la práctica. Hay algo que me impresiona. El mundo católico está creando redes de solidaridad voluntaria para asistir a los enfermos, a los extracomunitarios… Esos jóvenes tienen una gran motivación y están psicológicamente mejor que los que no hacen nada. La izquierda no hace casi nada de esto. La cultura de la solidaridad significa que los jóvenes estudiantes organizan la ayuda para los estudiantes más pobres: reparten los libros que ya han usado, ayudan a los compañeros menos inteligentes, les dan clases de repaso… Es una cultura que se debe difundir a través de un cambio de mentalidad. La solidaridad no se puede ordenar por ley; debe ser practicada. Porque la equidad fiscal o la equidad distributiva no es solidaridad, no debe llamarse así. Si en un estado como los nuestros, en los que hay regiones más pobres y regiones más ricas, el Estado pide dinero a las regiones más ricas para financiar actividades en las regiones más pobres, eso es equidad fiscal, no solidaridad. La solidaridad es una práctica vital, una mentalidad que atañe a comportamientos concretos.

Existe la tendencia a la mercantil izació n; si necesitas a alguien que cuide de los niños, pagas a una canguro, etc. La idea de que todo se puede pagar es fruto de la mercantilización. La cultura de la solidaridad, en cambio, parte de la idea de que hay cosas que se pueden obtener sin dinero. Cuando yo era niño en mi barrio no había canguros, había solidaridad.

¿Cree que la revolución en la comunicación dará resultadospositivos en la transformación de la sociedad?

En todas las grandes innovaciones técnicas hay posibilidades emancipadoras y posibilidades negativas, manipuladoras. Pienso que, por ejemplo, Internet es un instrumento positivo, importante, porque permite una comunicación amplia, incluso con poco dinero; pero es también un instrumento de manipulación. Así pues, ni pienso que la técnica nos destruirá ni lo contrario, que nos salvará, Pienso que la técnica debe es~ tar siempre gobernada por los procesos sociales.

Las autopistas informáticas, decía Bruno Amoroso, son el instrumento que permite el traslado en tiempo real del capital financiero. En cambio, se puede pensar en usar las autopistas informáticas para hacer posible la aplicación de métodos terapéuticos complejos en pequeños lugares de África o de América del Sur. Por eso no puede decirse que estas nuevas autopistas informáticas sean de por sí buenas o malas; pueden ser autopistas por las que avanza la salud, la información útil, la ayuda… o pueden ser caminos del capital.

Pero al final el gobierno que decidirá cómo se utilizan estos nuevos medios será el de EE. UU. Resultará muy difícil tomar decisiones desde la periferia,

Sin duda esto remite a los que decíamos al principio. Si se crean grandes áreas regionales, capaces de resistir a la hegemonía americana, eso no pasará. La americanización del mundo es el gran tema del 2000. El mundo corre el riesgo de convertirse en un mundo americano, donde desaparecerán todas las culturas, las especificidades, donde todos cambiaremos el carácter de nuestra identidad. Yo digo una cosa que ha dicho siempre la derecha y que, en mi opinión, puede ser dicha desde la izquierda: respecto a ciertos productos, de ciertas innovaciones que vienen de EE.UU., una organización europea establecida sobre bases solidarias, regionales, debería ser capaz de oponer un cierto grado de proteccionismo. No es cierto que el proteccionismo sea sólo nacionalismo, o un instrumento tradicional de la derecha. El proteccionismo respecto a las innovaciones tecnológicas que vienen de EE.UU. puede ser una defensa de la civilización y de la cultura europeas, pero esto requiere una visión política que no sea subalterna. Hoy la mayoría de los dirigentes políticos europeos son subalternos a la lógica del dinero internacional, al Banco Central, a estas autoridades que no se entiende de dónde han sacado la legitimidad de tomar decisiones en nombre de todos.

¿Se atreve a hacer un pronóstico sobre cómo evolucionará en los próximos años la construcción europea, en qué sentido? 0 dicho de otro modo, ¿la unión monetaria seguirá siendo preeminente sobre la construcción de la Europa social?

Las personas más sensibles e inteligentes de la cultura europea ya se están planteando el problema de que si la unión se convierte sólo en monetaria causará auténticos desastres dentro de Europa. Ahora, Europa se está viviendo como un mito. Después habrá unas desilusiones tan importantes que, en mi opinión, pueden producir incluso grandes desórdenes sociales. Existe pues la necesidad de construir una dimensión política y cultura¡ de Europa. Hoy no existe; hoy Europa es sólo la Europa de los Bancos. El mismo Le Pen, que representa a la derecha más peligrosa, decía que la Europa que nace obligará a la población europea a realizar grandes sacrificios para enriquecer a una nueva clase de ricos que está naciendo en el corazón de Europa, de Bruselas a Milán, de Hamburgo a París, y estamos abandonando la defensa de las tradiciones locales, de la cultura, porque estamos formando Europa sólo sobre la moneda, lo que quiere decir sobre nada.

Yo pienso que frente a la globalización es necesario construir Europa. Yo he combatido la visión monetarista, pero estoy a favor de Europa. Una Europa fundada sobre la moneda no durará. No se puede reducir la deuda que tienen todos los estados (excepto Alemania, que tiene una historia especial a causa de la unificación) en el tiempo en que está previsto sin desastres sociales. El riesgo es grande, porque el día después del nacimiento de Europa, si eso no significa nada positivo para la mayoría de la población, habrá tristeza. Si no hay un cierto grado de cohesión social europea, Europa será una tragedia

Traducción de Mº Ángeles Cabré